Agustín Muñoz Sanz

Figura 1. La Gran Muralla de China. Crédito: Vecteezy.
En las postrimerías de enero del año 2021, recién cumplido el primer año pandémico, aportamos una píldora para el Cuaderno extremeño para el debate y la acción titulada “La variante de Magacela”. En aquella breve entrega llamamos la atención respecto a un hecho poco o nada valorado entonces: que las variantes virales derivadas del virus original (surgidas por cambios mutacionales) estaban apareciendo en muchos sitios a la vez. Tratamos de informar —era una opinión particular, ajena al discurso oficial— sobre un asunto de enorme interés. El tiempo, y la investigación rigurosa, han confirmado de forma contundente aquella ya remota propuesta: las variantes no son de donde se describen por primera vez, sino que surgen en diferentes sitios. Es como si el coronavirus pandémico fuera natural de Bilbao y, por consiguiente, nace donde quiere. Este fenómeno biológico se denomina, en términos científicos, “convergencia evolutiva”: la aparición de las mismas mutaciones en los mismos sitios genómicos del virus y en diferentes sitios geográficos del planeta.
Las variantes y subvariantes del virus surgido para la historia en Wuhan (China) entre octubre y diciembre de 2019 no eran originales del lugar donde se fueron describiendo de forma cadencial. Inglaterra: la variante alfa; Sudáfrica: la variante beta; Brasil: la gamma; India: la delta, y en noviembre de 2021, en Sudáfrica, la ómicron, fundadora de una enorme saga que hoy llamamos sopa, nube, agrupación o enjambre de variantes. Al referirnos a la bella e histórica Magacela en enero de 2021, pretendimos destacar que las variantes virales surgidas al azar por mutación convergente pueden aparecer (están apareciendo) en cualquier lugar donde haya infección activa en expansión epidemiológica. Es un fenómeno evolutivo que depende del azar y de la presión soportada por el virus debida a las infecciones en aumento y a las vacunas y sus refuerzos aplicados a millones de personas.
La razón de que las primeras descripciones de las variantes señalaran el lugar geográfico donde se detectaron (Inglaterra, Sudáfrica, Brasil, India) es debida a que son países que hacen, desde que comenzó el desastre, ingentes cantidades de estudios de PCR y de secuenciación genética, es decir, los análisis genómicos que permiten detectar las variantes. No es porque el virus “nazca” donde se detecta la nueva versión del coronavirus. Dicho de otro modo: si se hubieran hecho estudios analíticos masivos en Magacela (entiendan la ironía), en Badajoz, Madrid, La Habana o Tegucigalpa muy probablemente se habrían encontrado versiones diferentes del virus, desde el inicio, porque el fenómeno mutacional y recombinante es universal, no local. Es, como está dicho, la respuesta evolutiva del virus a la presión externa (puro darwinismo de adaptación: la supervivencia y progreso de los más aptos). En este sentido, la metáfora de Magacela vendría a ser el equivalente genómico del Macondo literario garcíamarquiano: lo que ocurre en un lugar pequeño puede representar la realidad de lo global.
En el juego de intereses geopolíticos, con más peso que la ciencia, a China le toca ahora la china. Juzgar a los chinos, más que jugar a los chinos. Nada nuevo. En China surgió el problema oficialmente en el último trimestre de 2019. Su política de control férreo del “amado pueblo” que los sustenta (es una superdictadura comunista de mano, pero también de cara, dura) pretendió la utópica idea de “cero covid”. Utópica porque detener una pandemia ya establecida en un mundo globalizado es una quimera. Aunque, como ocurrió con el SARS de 2002, cuando se hacen las cosas bien y de inmediato, se pueden conseguir buenos resultados. Pero el asunto es muy complejo y, en cualquier caso, respecto a la covid-19, la gestión político-sanitaria ha sido un desastre sin paliativos a diferentes niveles de responsabilidad (no creo que haga falta aportar pruebas).
No obstante, la estrategia china de contención total también la aplicaron algunos países democráticos (Australia, Corea del Sur, Japón, Nueva Zelanda…), aunque con resultados muy dispares. La idea de cero contagios puede servir para contener la expansión de un brote o epidemia naciente al inicio, mientras se adoptan medidas mitigantes eficaces que buscan equilibrar la complicada balanza de salud versus economía (hacer el menor daño posible). Destacando, junto a las acciones no farmacológicas (distanciamiento social, no aglomeraciones, ventilación de recintos, lavado de manos, mascarillas eficaces en zonas de riesgo, pruebas diagnósticas homologadas rápidas, aislamiento domiciliario responsable en caso de infección sospechosa o demostrada), la aplicación pronta y masiva de vacunas eficaces y los posteriores refuerzos de recuerdo antigénico. Lo cual no hizo China, referido a las vacunas, porque su modelo de plataforma vacunal, un adenovirus atenuado (Sinovac®), es bastante menos eficaz (en torno al 51 %) que las plataformas de mRNA (Moderna y Pfizer, ambas por encima del 95 %) utilizadas en los países occidentales. Si a la escasa eficacia de sus vacunas, se le suma la edad longeva de la población (una enorme colmena que suma unos 1 400 millones de súbditos y junta tecnología puntera del sigo XXI con actitudes, costumbres y comportamientos medievales prejesuíticos), la desconfianza del pueblo llano en los nietos ideológicos de Mao e hijos de Xi Jinping y el rechazo de la pseudociudadanía al refuerzo vacunal se entenderá el desastre epidémico actual. Una hecatombe que dejará en ridículo a lo precedente: aun con ausencia de datos oficiales, se calcula que hay en torno a 9000 muertos diarios. Pero hay una necedad mastodóntica añadida: el paso del confinamiento obligatorio y brutal a sálvese quien pueda bajo el lema oficial de “occidental el último”. ¿No habrá sido una maniobra del PC chino para atenuar la creciente y agresiva respuesta popular a la pésima gestión del politburó? Sea como sea, es un desastre histórico. Aterra pensar que estos “celeblos”, cuyos traseros se asientan en el macrocongreso de Beijing, están, en esencia espiritual y psicológica, hechos del mismo seso que el de los putinianos de todas las Rusias, el del homínido que estruja la Corea de arriba o el del casi extinto tiranosaurio Donato. O el del no menos presunto criminal Bolsonaro. Unos tipos sin escrúpulos ni empatía, seres abyectos aturdidos por la mandrágora del poder que tienen, la mayoría, la alucinante potestad de poder apretar el temido botón rojo capaz de pandemizar neutrones asesinos por doquier. ¡Virgen de los Remedios, patrona de Magacela, ora pro nobis sancta Dei Genitrix!

Figura 2. Variantes de preocupación (alfa a ómicron) y subvariantes de ómicron (BA.1 a BA.5). Las descendientes XBB y XBB.1 (flecha azul) y XBB.1.5 (no mostrada en la imagen) derivan de la subvariante BA.2. Crédito: Wang Q., et al. Cell, Dec 3, 2022.
Ahora se teme que, tres años más tarde, el asunto de China machaque de nuevo al ombliguista Occidente. Una visión errónea y miope, en mi no autorizada opinión. Errónea porque el problema pandémico es, como su nombre indica, global, de todo el pueblo. Lo tuvimos, lo tenemos y aún sigue vigente, cualquiera que sea su origen geográfico y viral (natural o artificial). Miope porque hacer una lectura local de este complejo y poliédrico asunto es no entender qué es una pandemia. Sus entrañas epidemiológicas. Pero algunos dirán, apoyados en ciertos argumentos, que las nuevas variantes, subvariantes y sus derivadas o descendientes en circulación hoy por China son una amenaza para “nosotros”, los no chinos que vivimos rodeados de chinos auténticos expatriados por todo el planeta. Es un grave error de planteamiento. Entre otras razones, porque las subvariantes relacionadas con China (Figura 2) que inquietan ahora están circulando por América, Europa, Asia, África y Oceanía desde hace semanas o meses. Cuando los chinos de China, la gente del común, estaban encerrados en sus casas a la fuerza, mediante cadenas en las puertas que impedían huir de los incendios. Para colmo, una de las subvariantes más temidas, la recombinante XBB.1.5, se describió por primera vez (“nació”) en Nueva York y sus aledaños hace unos meses. Dicho de otro modo: la peor de las subvariantes vigentes cuando se escribe esto, el día dos de enero del 23, es ¡neoyorquina!
¿Significa lo anterior que no debemos preocuparnos de lo que está sucediendo en China? No, en absoluto. No solo por la terenciana actitud solidaria de que nada de lo humano debe resultarnos ajeno, sino porque si se cumplen los malos presagios, la epidemia expansiva en China puede superar el millón de muertos, lo cual no es un asunto baladí. Como cabe la posibilidad, al menos teórica, de que entre tanto desmadre expansivo poblacional del virus surjan nuevas mutaciones (ya hay decenas, y casi no caben en la espiga y fuera de ella) y las recombinantes (cada vez más) que permitan al coronavirus eludir totalmente la inmunidad colectiva planetaria, transmitirse mejor y provocar daños más graves. Sin olvidar que todavía hay miles de millones de personas en el mundo sin vacunar (no han recibido ninguna dosis) y muchos cientos/miles de millones sin reforzar. En China, América y en otros muchos lugares. Sí, también en España (los pocos refuerzos).
Podemos sintetizar lo dicho aquí en el título de un editorial de la prestigiosa revista Nature (23 de diciembre de 2022): “No hay lugar para la complacencia de covid en 2023”. En resumen: Alarma, no. Alerta, sí. Preocupación: la necesaria. Incertidumbre: sin duda. Prudencia: siempre. Y hacer muchas más secuenciaciones en todos los sitios, más que jugar, o juzgar, a los chinos.

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