ME PREOCUPAN LA ESPAÑA VACIADA Y LAS REFORMAS AMBIENTALES

Juan Serna Martín –

Desde que aquella legión de economistas lumbreras proclamaran que mientras que en España no se llegara al tres por ciento de población activa agraria no habría desarrollo, ha pasado casi medio siglo. Aunque sí hay que reconocerles una cosa: han logrado que existan dos Españas: Una, con grandes recursos naturales y un territorio inmenso ―más de un 70 %―, pero despoblada o, como se dice ahora, vaciada. Y otra, donde la mayoría de los habitantes, procedentes de los pueblos rurales, se hacinan en infraviviendas y trabajan en fábricas o servicios lejos del lugar en el que viven.

De todas formas, esa era la receta que el capitalismo infame le daba a estos economistas de pacotilla para que la extendieran por todo el mundo: concebir el desarrollo con un centro y una periferia,  abandonar los parajes más bellos para crear conurbaciones tan monstruosas como contaminantes.

Tras medio siglo de comprobar que habían hecho un pan como unas hostias, parece que llega la hora de repoblar los territorios abandonados. Y es cuando entran en conflicto los dos capitalismos que nos quitan el sueño: el salvaje y depredador que, como bien saben, tiene sus adeptos en España, y el más moderno y civilizado, no sé si de rostro humano, que también tiene sus adeptos, aunque a veces no acaben de ponerse de acuerdo entre ellos…

El asunto es que, tras la pandemia ―que tanto nos ha hecho meditar e incluso modificar algunos hábitos de vida―, los fenómenos climáticos y ahora con la guerra de ese criminal llamado Putin, parecía que era el momento de acometer esa serie de reformas a las que vengo aludiendo constantemente en mis columnas y que no pueden esperar más. No obstante, aquí es donde se establece de nuevo un debate y una fuerte tensión entre esos dos capitalismos que decía antes, el cruel y criminal, que recurre a la guerra si hace falta, y el de rostro más humano, que pide que se suban los impuestos a los ricos para combatir las desigualdades. En torno a ellos se agrupan, por un lado, los ciudadanos más autoritarios, conservadores y violentos y, por otro, los más demócratas, cultos y civilizados, que saben que en las reformas medioambientales nos va la supervivencia.

No sabemos cómo acabará esta pugna, que es el gran drama de la humanidad, pero sí sabemos que tanto al desprecio que tanto déspota ilustrado hace de los recursos naturales y del territorio como al hacinamiento en las grandes fábricas, plataformas industriales y ciudades dormitorio hay que pararlos como sea a fin de evitar el sufrimiento humano y los fenómenos de contaminación ―de consecuencias imprevisibles― que nos amenazan en tantos lugares del planeta.

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