Las secuelas de la pandemia en el sistema educativo y los fondos covid

Por Ramón Besonías –

La presión sanitaria por razones de salud mental (ansiedad, depresión, fatiga psicológica, desmotivación, falta de atención…) está congestionando los centros de salud. A esto hay que sumar el presumible alto porcentaje de ciudadanos que no piden ayuda y lo sufren en silencio. Es realmente alarmante el elevado número de casos que afecta a nuestros jóvenes. Aunque intuíamos que algo así sucedería, es ahora cuando los efectos psicológicos de esta pandemia, a menudo invisibles, están empezando a mostrar su cara más cruda. 

Es un sentir general entre el profesorado que el proceso de aprendizaje está resultando, aunque intentemos obviarlo, más lento. No solo notamos lagunas competenciales, sino también estados emocionales de desmotivación y falta de concentración, sumados al descontrol en los hábitos de sueño y alimentación, aumento de uso de pantallas, incapacidad de seguir rutinas sencillas de trabajo… En entornos vulnerables, estos síntomas se agravan con un aumento de la agresividad, el absentismo, la desatención familiar, incluso cuadros depresivos graves y persistentes, con autoagresiones e intentos de suicidio. Obviar la incidencia que esta crisis sanitaria y social está teniendo sobre nuestros hijos y alumnado, comportándonos como si nada sucediera, en nada les beneficia. Más aún, supone un plus de ansiedad que cronifica y aumenta su situación de bloqueo.  

Incluso en contextos sociales con atención familiar y recursos, los síntomas supuran y acaban afectando a la vida cotidiana y educativa de los menores. Es inevitable que los equipos docentes debamos hacer una reflexión sobre este escenario, repensando nuestra intervención y reajustando los ritmos, contenidos y metodologías. Los aspectos emocionales se cuelan en las aulas y afectan al rendimiento y relaciones. Ser conscientes de esto y saber abordarlo con sabiduría y empatía es esencial. Enseñar más lento, cuidar el clima emocional del aula, subrayar los aspectos competenciales, no obsesionarse con dar todo el temario, aprender al aire libre, cuidar y cuidarnos… En los centros educativos y también en las casas. 

Recientemente se ha presentado el presupuesto de los fondos destinados por Europa a reparar los daños provocados por la crisis del COVID-19 en materia educativa en Extremadura. Este presupuesto tiene como objetivo principal -subrayo el verbo- reparar daños, aliviar las distopías que generó y sigue generando esta crisis. No es un presupuesto que deba emplearse para tapar deficiencias secundarias o inflar de dinero a programas que en nada benefician a los problemas urgentes que aquejan a nuestro sistema educativo regional. Aún así, la Consejería de Educación ha decidido dotar de 5,2 millones a la digitalización de las aulas, destinados a comprar 8200 dispositivos y en asesoramiento (a saber). ¿Es el aumento de la digitalización una medida que repare los daños sufridos durante la pandemia? No. Más aún sabiendo que durante el confinamiento los menores más vulnerables, a pesar de tener acceso -más tarde que pronto- a portátiles y WiFi, estos medios no tuvieron un impacto real en la mejora de sus competencias. Existen numerosos estudios que demuestran que en alumnos vulnerables es la educación presencial y no la digitalización lo que mejora su rendimiento académico y emocional. 

A estos criterios de gasto, la Consejería de Educación suma casi 2,5 millones para la creación de ciclos bilingües, necesidad que nada tiene que ver con los retos urgentes que esta pandemia nos invita a resolver. Por otro lado, es más que cuestionable en un momento en el que el déficit en competencias lingüísticas en español ha bajado, poner los esfuerzos presupuestarios en aumentar centros bilingües, presupuestos que debieran venir si acaso de fondos ajenos a los efectos del COVID. A esto hay que sumar que en un contexto delicado como el que vivimos, el bilingüismo puede aumentar la brecha social, como sin duda lo hace la digitalización. 

Lo que verdaderamente me avergüenza de estos criterios presupuestarios es que la única medida contra la cronificación de la pobreza en nuestro sistema educativo sea el programa Proa + (con 3,5 millones) y el de unidades de acompañamiento docente (1 millón). La lucha contra la brecha social y económica en la escuela es objetivo prioritario en un contexto tan preocupante. Atajar esta brecha desde ideas continuistas que no son sensibles con lo que realmente está sucediendo en las aulas es un grave error. Gastan más en seguir inflando la burbuja digital, y lo hacen con un dinero que no está destinado para esos menesteres.

Una formación del profesorado centrada en lo urgente a pie de aula y la ampliación de plantillas de docentes para reducir ratios, la implementación de proyectos integrales en los centros en materia de desarrollo comunitario, el refuerzo en atención a la diversidad (indignante el caso del Giner de los Ríos y lo que no se ve porque no se sabe ni se cuenta), eso sí que es necesario, en sinergia con proyectos de otras consejerías para erradicar la pobreza. Cuando la pobreza entra en las casas, llega también a los centros. Y no solo a los más vulnerables. Hoy le cuesta siete veces más a un alumno en situación precaria que a uno en situación holgada aprobar la ESO. Súmale a esto que el aumento de problemas de salud psicológica en los adolescentes es realmente preocupante. Trabajar conjuntamente y no de manera aislada diferentes servicios públicos es esencial y requiere una planificación seria, continuada y evaluable. La escuela no puede vivir aislada de la realidad que atraviesan nuestros alumnos. Es parte esencial de su mejora. 

Resulta indignante que se piense más en proyectos de innovación para la digitalización que en aquellos encaminados a reducir el abandono y el absentismo, la desmotivación y la caída en picado de competencias básicas. Corremos el peligro de convertir el sistema educativo en un elefante en una sala pequeña. Por algún lugar acabará saliendo y no nos gustará. 

Estos presupuestos para Educación son decepcionantes, por no utilizar apelativos menos suaves. No se está sabiendo diagnosticar prioridades en un sistema educativo debilitado aún más tras la pandemia. 

Ustedes, familias y docentes, juzgarán.

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