El problema de la despoblación es más profundo que las inversiones en infraestructuras

Fernando Pulido

Conceder que la crisis demográfica es poco menos que un desafío estadístico que se puede mitigar con unas cuantas hordas repobladoras es hacerse trampas al solitario. No, señores: el problema subyacente es la omisión del principio esencial de igualdad de los ciudadanos, tal y como el propio término delata. Ello se manifiesta con crudeza a escala estatal, pero la misma discriminación vemos a diario cuando viajamos desde las capitales extremeñas a los pueblos, donde cada vez es más difícil encontrar a quien preguntar en el tétrico decorado de persianas bajadas. Las cifras aterradoras de exilio juvenil y baja natalidad esconden el abandono de los pueblos, es decir, la renuncia a hacer de sus habitantes ciudadanos equiparables en derechos a los del medio urbano.

Contrariamente a lo que suele pensarse, la igualdad en el acceso a la sanidad, la  educación o las comunicaciones son solo una parte del problema, y seguramente no la más decisiva. Extremadura mantiene niveles aceptables de prestación de estos servicios sociales que uno, ciertamente, aprecia cuando atraviesa los páramos castellanos o aragoneses. Y, aun con ellos, la hemorragia se produce y se prevé que continúe. El problema es, me temo, bastante más profundo, y tiene que ver con capacidades y actitudes mucho más difíciles de gestionar que las inversiones en infraestructuras. No serán seguramente deficiencias que afloran fácilmente en los anuarios oficiales o que puedan detectarse en la visita semanal del funcionario administrativo o el turista. Hay que estar allí a diario para percibirlas; hay que sufrir con el emprendedor agrario o comercial cada traba a la que se enfrenta; hay que darse de bruces con el conformismo insultante de algunos ediles o de ciertos vividores de lo rural, y, posiblemente más grave, hay que padecer la falta absoluta de programas de promoción del conocimiento y aprendizaje empresarial práctico impartidos por profesionales empáticos que no miran el reloj mientras trabajan.

Deja un comentario